Dibujos de sus visitas Toledo

La Ciudad y su paisaje

Ciudad romana importante, capital visigoda, ciudad musulmana habitada poruna numerosa población mozárabe rebelde al poder de Córdoba, capital de un importante reino de Taifas, fue con Alfonso VI, roca avanzada frente a la invasión africana que se extendía como una marea incontenible. Fue entonces fortaleza y corte.

Capital fronteriza, hubo de enfrentarse durante más de un siglo con sucesivas oleadas de invasores. Con Alfonso VII, emperador de las tres religiones, como le gustaba ser llamado, conoció tiempos de mayor paz y tolerancia. Con Alfonso X, de sobrenombre el Sabio, fue centro de un fecundo trasvase cultural, y como luz de oriente que irradiaba en occidente.

Sobrecargada de historia, tuvo aún un momento de esplendor cultural en la segunda mitad del siglo XVI, para entrar después en una larga y aniquiladora decadencia, como Castilla entera.

¿Cuál puede ser el secreto de esos momentos de esplendor cultural? ¿Qué conjunto de causas han de reunirse para ello?

Ciertamente, como todo lo que atañe al espíritu humano, tiene una parte de misterio. Sin duda no se produce de manera casual y requiere una determinada predisposición social, que, en último término, se manifiesta en el mecenazgo, en sus diversas modalidades. Se requiere también, si no la riqueza, sí al menos una cierta prosperidad material, soporte imprescindible de cualquier actividad humana.

El renacimiento italiano, y el de los Países Bajos del siglo XVII tuvo un soporte económico amplio y duradero a lo largo de varias generaciones, mientras que el brillo cultural español del Siglo de Oro tuvo una base económica efímera y se marchitó en una sociedad empobrecida. Toledo, como tantas otras ciudades españolas sufrió la despoblación y crisis, que puso fin a todo.

Hoy, no podemos menos de preguntarnos: ¿Qué queda del Toledo del pasado? ¿Sólo sus piedras desgastadas, sus retablos, pinturas, ornamentos y rejas? ¿Es una herencia cultural muerta, o tiene, por el contrario, la posibilidad de despertar en nosotros sentimientos e ideas que hagan posible la inmortal continuidad de la sabiduría y el espíritu?

Inevitable pregunta en una ciudad antigua y querida, a la que nos unen sentimientos e historia, y que también nos eleva y nos hace sentir una emoción indefinible y profunda. Así el problema de la conservación material, con ser importantísimo e insoslayable, nos parece ya secundario, y nos acucia más la idea de asumir la herencia cultural y hacerla fructífera.

El paisaje de Toledo, aunque austero y de apariencia apagado, es rico de color. Ocre, dorado, plomizo, gris acerado. Todos estos colores se funden en una gama cárdena. Sin embargo, como en toda Castilla, el paisaje cambia totalmente con las horas del día y el paso de las estaciones. En las horas centrales, bajo la luz deslumbradora del verano, los colores se apagan y se pierde el relieve. A la caída de la tarde, al suavizarse la luz y alargarse las sombras, comienza a distinguirse una fina gama de colores y matices, y a recobrar la tierra su perdido relieve: Las encinas oscuras, los olivos plateados, el ocre de la tierra desnuda, el oro de las mieses o los rastrojos, el color gris o cárdeno de las rocas, el brillo acerado del Tajo… A veces unas lluvias tempranas del otoño, o alguna tardía tormenta, hacen nacer una hierba tierna y fugaz, que cubre cerros y eriales. Son los verdores de las eras que Jorge Manrique cantó como gloria de lo efímero.

En invierno el campo se oscurece, desaparece el oro y domina el color pardo sombrío y el violeta de las sombras y el cielo, cuando apenas si apuntan las siembras nuevas. Las sombras son largas y las formas adquieren un relieve profundo. Al avanzar la primavera, el campo se tiñe con suaves tonos de verde, que alterna con la oscura tierra labrada. Si la primavera es lluviosa, también los cerros se cubren de verdor.

Así pintó el Greco a Toledo, bajo un cielo anubarrado y una luz que parece irreal y a veces existe; cerros de un aterciopelado verde veronés y un caserío transfigurado, brillante como el nácar o trasparente como el alabastro.

En la ciudad se repiten los mismos colores del campo que la rodea; los mismos ocres, los mismos rojos, los mismos grises y toques acerados. También sus formas se ciñen al relieve del terreno en que se asientan y subrayan sus lomas, cortados y vaguadas, apreciables desde los innumerables puntos de vista que se ofrecen en todo su alrededor. Relieve, también, siempre cambiante, según el punto de observación, la luz y las horas del día.

En tiempos pasados la Vega fue un vergel cuidadísimo. Los cronistas árabes nos describen a Toledo con abundantes huertas y jardines, cruzados por acequias y canales de riego, cuyas aguas elevan ruedas hidráulicas o azudas y norias de arabuces. Eran famosos los granados de grandes flores que daban a las huertas el nombre de granadales. Granadales los vergeles frondosos de la vega, cigarrales los montes secos donde cantan las cigarras.

Por todas partes se veían casas de campo, almunias y torres fortificadas.

Saliendo por el Puente de Alcántara, aguas arriba, estaba la extensa Huerta del Rey, aún conocida por ese nombre, en la que Al-Mamum construyó un palacio campestrerodeado de bellísimos jardines que fueron comparados con los del Paraíso.

Según nos describe Torres Balbas, contigua al palacio había una gran alberca en cuyo centro se levantaba un quiosco con grandes vidrieras policromadas y decoraciones Incrustadas de oro y marfil. El agua de la alberca era elevada hasta la parte superior de la cúpula y caía resbalando por las cristaleras. En los días cálidos del verano se creaba en su interior unambiente de agradable frescor; de noche se encendíanhachones dentro del aposento, que vistos a través de las vidrieras de colores producían un efecto mágico. Este pabellón se llamaba Salón de la Noria. Adornaban eljardín espléndidas fuentes con motivos diversos, surtidores y estanques.

EI asedio cristiano que durante varios arios precedió a la capitulación, con sus talas y devastaciones sistemáticas, produjo grandes estragos en huertas y jardines. Algunos años después, en 1090, los almorávides victoriosos llegaron hasta los muros Toledo, bien defendido por Alfonso VI. No pudiendo conquistarlo, desahogaron su furia arrasando la Vega y talando nuevamente los árboles. Aún veinte años más tarde, y muerto ya Alfonso VI, volvieron a cercarla y durante ocho días el emir almorávide acampó frente a sus puertas; antes de retirarse impotente, devastó sus alrededores y arrasó definitivamente la Huerta y Almunia Real.

El embajador veneciano Navajiero, nos dice en 1525 que la Huerta del Rey, en la que ya estaba en ruinas el Palacio de Galiana, se regaba con norias y ruedas hidráulicas que elevaban el agua del río, y que toda la Vega se veía bien cultivada y poblada de árboles, mientras que el resto era estéril y sin un árbol. Entonces aún funcionaban varias azudas, evocadas por Garcilaso.

«De allí con agradable mansedumbre
el Tajo va siguiendo su jornada,
y regando los campos y arboledas
con artificio de las altas ruedas.»

A partir de finales del siglo XVI la decadencia general de Castilla también se Refleja en Toledo. Así termina Torres Balbas su referencia a esta ciudad:

«La profunda decadencia desde entonces de Toledo y el abandono secular fueron acabando con almunias, huertas y jardines, convirtiendo la antes frondosa Vega en tierras yermas y campos de secano. Así ha llegado a nuestros días; tan sólo a partir de 1781 una parte de los contornos de la ciudad, entre la Puerta de Bisagra y la Fábrica de Armas, perdió el ingrato aspecto de erial que antes tenía. En este ario, a costa principalmente de uno de los últimos grandes prelados toledanos, el Cardenal Lorenzana, se plantaron calles de dobles hileras de olmos, representativos de la época renovadorade Carlos III; adquirieron gran lozanía, y ya se van perdiendo.

Abandonada la Vega toledana como lugar de expansión campestre de las gentes amontonadas en el apretado núcleo urbano, destruidas norias y ruedas hidráulicas,el Tajo deslizase lentamente por entre las tierras de secano, eriales desprovistos de vegetación durante casi todo el ario.

Las ruinas del Palacio de Galiana, cada día que pasa más disminuidas, se levantan ahora en una llanura huérfana de riego, vegetación y arbolado».

Julio Cano Lasso