Salamanca vista de la peña San Vicente

La Ciudad y su paisaje

La estampa de Salamanca reflejándose en el Tormes es bien conocida. Es un tópico que Salamanca es una ciudad dorada, pero sin embargo es cierto que la «piedra franca» con la que está construida, una arenisca caliza, blanda y de tono marfil en el lecho de cantera, endurece y se torna dorada con el paso del tiempo. La facilidad de labra de esta piedra hace que Salamanca sea el paraíso del plateresco, arte de orfebres y plateros, y la catedral, dominante y bella, más parece cincelada en oro que labrada en piedra.

El Tormes a su paso por Salamanca es ancho y caudaloso y discurre lentamente.

Varias presas de antiguos molinos, envueltas en verdor y espuma, embalsan el agua, tersa como un espejo. El valle es espacioso, con márgenes pobladas de arbolado que al pie de la ciudad antigua forma un friso vegetal; aguas arriba el valle se curva y ensancha y las arboledas se pierden en la lejanía.

La vieja Salamanca se asienta sobre una colina dominante sobre el río y la edificación se escalona en distintos niveles, culminando con la catedral, maciza y fuerte, aunque aligerada por gótica y plateresca filigrana. El río pasa tangente a la ciudad sin rodearla, como ocurre en otros casos; por ello, Salamanca, a diferencia de Toledo, sólo ofrece una gran fachada, la de mediodía, aunque las vistas van cambiando según se desciende río abajo. Cruza el Tormes, enfilando a la ciudad monumental, un largo puente romano de innumerables arcos, sencillos y robustos, y el río, el puente y la ciudad forman un bellísimo conjunto.

Una vez más la ciudad y su marco geográfico, su paisaje, constituyen un todo inseparable. En cualquier consideración urbanística de Salamanca el valle del Tormes es esencial. Los destinos de la ciudad y el valle están inseparablemente unidos, y el salvaguardar libre, en su belleza natural, el valle del Tormes, es tan importante cómo defender y conservar los propios monumentos.

Hay que estar en guardia contra la fácil tentación de asignar al valle usos en apariencia inocentes, compatibles con la defensa del paisaje, como instalaciones deportivas, escuelas, exposiciones, ferias de ganado, etc., de los cuales ya en alguna ocasión se ha oído hablar, Rotundamente debe afirmarse la necesidad de mantener libre y en su estado natural el valle del Tormes, conservando, cosa importantísima, las viejas presas que remansan las aguas y dan al Tormes ese fluir sosegado y solemne.

Las laderas de la orilla izquierda, que forman la contra fachada, eran hasta no hace muchos arios tierras de labor; hoy ese paisaje se ha perdido bajo una desordenada masa de edificación de muy baja calidad arquitectónica, a lo que hay que añadir la estéticamente desafortunada intervención de Obras Públicas.

Pareció olvidarse que el valle en su conjunto, con ambas laderas, constituye una unidad urbanística y de paisaje. Una ciudad de la importancia monumental e histórica de Salamanca exigía mayor atención y respeto por su entorno. Del otro lado del río cabían dos posibilidades: o la conservación del noble paisaje castellano de tierras de labor, extendiéndose desde la orilla del Tormes hasta el horizonte, o crear una fachada urbana digna de la que tenía enfrente. Hoy no queda otro remedio que plantar árboles.

Hay una gran dosis de frivolidad a nivel internacional. He oído decir a un arquitecto muy influyente y de moda entre las vanguardias, que para él una obra que tuviera valor gratificante y de utilidad, dejaba de ser arquitectura.

Hemos de asumir nuestra responsabilidad; frente a un mundo en el que domina la pobreza, existen países ricos y dentro de ellos capas sociales muy ricas; ambiente en el que se producen refinamientos culturales y también caldo de cultivo del capricho y la frivolidad. Su poder de seducción es grande, ellos imponen las modas, pero en muchos casos sus productos son novedosos productos de lujo, difícilmente generalizables, que encuentran, sin embargo, una amplia y fácil difusión, ofreciéndose como el último aroma de una “alta y sofisticada cultura”, y su influencia se propaga con la rapidez del fuego hasta los últimos rincones, siendo especialmente sensibles las Escuelas de Arquitectura. Son modas efímeras que se suceden fugazmente, pero la desorientación y los estragos que producen son duraderos.

Ya dijo quien tenía autoridad para ello, que no es posible inventar una nueva arquitectura todos los lunes.

A lo largo de la historia siempre existió una coherencia y entendimiento entre la arquitectura y la sociedad de su tiempo. Los templos griegos, las catedrales góticas, los grandes edificios y trazados del renacimiento o del barroco, los palacios neoclásicos… eran obras admiradas y sentidas como propias, y contra lo que podría esperarse de sociedades más estratificadas, la permeabilidad y comunicación entre sus distintas capas producía un rico trasvase de influencias recíprocas, un encuentro de gran vitalidad creadora entre lo culto y lo popular.

Salamanca ha crecido mucho. Los pocomás de 25.000 habitantes de principios de siglo se han multiplicado por siete y la ciudad se ha extendido en todas direcciones, tal como se ve en el plano; sólo el valle, hasta ahora, ha quedado libre. Por fortuna, una vez más la topografía ha evitado un desastre. La nueva edificación, que con frecuencia alcanza diez y más plantas, rodea al casco histórico con una muralla de ladrillo y cemento en tres cuartas partes de superímetro; sólo la gran fachada del río se ha salvado. Sin embargo, cuando nos alejamos y contemplamos la ciudad desde mayor, altura, como ocurre al llegar por la carretera de Alba de Tormes, el perfil monumental se superpone a la confusa masa de edificación de los barrios modernos y ya no se recorta limpiamente sobre el horizonte.

Recorremos río abajo y la ciudad va desfilando ante nosotros, ofreciendo cambiantes escorzos. Siguiendo con la vista el trazado de las antiguas murallas, vemos la línea de cornisa interrumpirse por una ancha vaguada, llamada de la Palma, que penetra profundamente en el que fue recinto amurallado, llegando casi hasta los pies de la Clerecía, en el corazón de la ciudad. A ambos lados de la depresión, se levantan la Peña Celestina, a la derecha, y la Peña San Vicente a la izquierda, flanqueando su entrada; esta última forma un espolón rocoso y marca el límite donde las murallas doblaban en ángulo recto para tomar dirección perpendicular al río.

La vaguada de la Palma es hoy una zona degradada y casi vacía de edificación. Sin embargo, allí estuvieron muchos de los conventos y Colegios Mayores de Salamanca, destruidos en su retirada por las tropas napoleónicas, al final de la Guerra de la Independencia. En la reproducción del plano de 1858, se señala la situación de conventos y Colegios Mayores, de los que hoy no queda ningún vestigio. El estrago causado por aquellas voladuras fue tremendo y mermó muy considerablemente el patrimonio monumental de Salamanca.

Salamanca fue ciudad conventual y universitaria, y su universidad una de las más antiguas y famosas de occidente, unida a grandes nombres del humanismo español.

Fray Luis de León, Salinas, Suárez, Vitoria, Unamuno, etc. Hoy, al menos, en su aspecto arquitectónico y urbano, no es ni sombra de su glorioso pasado. La maravilla de la vieja Universidad renacentista, en la placita de las Escuelas Menores, donde reina un elevado silencio y el aire parece «serenarse y vestirse de hermosura no usada», el tiempo quieto y remansado, situó el listón a una altura inalcanzable: por ello el contraste con lo nuevo resulta aún más chocante.

La triste decadencia de la cultura española es en casos así donde se hace más visible; otras universidades europeas, Oxford, Cambridge, Heidelberg, han pugnado por mantener un marco ambiental digno de su tradición ¡Qué diferencia con Salamanca y Santiago!

Aguas abajo de la Peña de San Vicente se inicia otra vaguada perpendicular al río, que marcó el límite por el oeste al segundo recinto amurallado; era ideal para crear una clara y rotunda separación entre el casco histórico y los barrios modernos por medio de un cinturón verde. Más allá, siempre siguiendo el curso del río, el terreno vuelve a levantarse, y es en esa zona donde se construye la nueva Ciudad Universitaria; en realidad unos cuantos edificios plantados en medio del campo, sin infraestructura ni plan de conjunto. La llegada a ellos se hace por calles secundarias, entre bloques de viviendas de muy pobre arquitectura; recorrido y entorno degradantes y totalmente inapropiados.

El problema es difícil de resolver: La inversión ya realizada es cuantiosa, pero la Ciudad Universitaria comenzó sin idea de conjunto ni conexión con la ciudad y será difícil enderezar lo que ha tenido tan mal comienzo.

Los edificios, como decíamos, se han ido proyectando aisladamente, sin plan de conjunto ni una mínima unidad de criterio, sin relación entre sí.

A mí, junto con otro colega, lleno de ilusión, nos correspondió la responsabilidad de construir la nueva Facultad de Farmacia. Trabajamos largamente el proyecto, poniendo a contribución cuanto nos fue posible. Nuestra primera intención fue construir con piedra franca, lo que resultó imposible por la escasez del presupuesto, y nos vimos obligados a utilizar ladrillo, que procuramos buscar de entonación apagada. La urbanización y todo cuanto acompaña al edificio y podía haber contribuido a un mejor resultado con un tratamiento apropiado del entorno: Banqueos del terreno, muros de contención, gradas, pórticos, pavimentos, plantaciones de arbolado, etc. estudiados con detalle, no pudieron ser realizados a pesar de nuestra insistencia por falta de dotación económica, y a todo ello se sumó una pésima constructora, de las de «bajas temerarias», que convirtió la obra en un calvario. El resultado no correspondió a nuestro esfuerzo.

Julio Cano Lasso